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04 de febrero de 2023
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Trump y los símbolos del poder estadounidense

La incredulidad que siguió a la victoria de Donald Trump en las elecciones presidenciales de Estados Unidos, se convirtió en una ingenua y fugaz esperanza de que el candidato pendenciero se convirtiera en mesurado Presidente electo, con un tono discursivo que diera certidumbre a un país no solo claramente dividido, sino escandalosamente abúlico.

No sucedió así. Y a nadie en aquella inmensa y diversa nación parece importarle que varios de los símbolos del poderío estadounidense han sido severamente señalados y lastimados, como no había ocurrido antes en la historia del coloso de Norteamérica.

Estados Unidos es un país cuyo entramado socio-político hace que bajo la lucha electoral bipartidista funcionen razonablemente bien sólidas instituciones que hacen lo que tienen que hacer, esté quien esté en la Casa Blanca o controle quien controle el Capitolio.

Por supuesto, los equilibrios políticos en el Congreso americano son fundamentales, pero ahí están siempre los símbolos del poderío del país más influyente del mundo hasta ahora: el Pentágono, el FBI, la CIA o incluso el majestuoso avión presidencial conocido en todo el orbe como “Air Force One”, nombre impuesto como para no dejar duda de la supremacía de quien lo utiliza.

El caso es que fue verdaderamente sorpresivo que en plena campaña electoral un alto funcionario del Buró Federal de Investigaciones (el legendario FBI), se involucrara en los dimes y diretes de los contendientes, y reviviera una investigación sobre la comunicación electrónica de la candidata que a la postre perdió los comicios.

Aquella noticia difundida a unos días de la elección incidió, a no dudar, en el resultado, porque retomó un tema aparentemente superado sin que hubiera tiempo ya para el contraataque.

¿Se puso en tela de juicio la imparcialidad casi “impoluta” que presumen las series policiacas de la televisión norteamericana por el mundo entero? Parece que así fue, porque como nunca antes quedó claro que los intereses pro-Trump se sobrepusieron a la clásica hipocresía norteamericana.

Pero, ¡oh, sorpresa! Pasada la elección y en pleno periodo de conformación del nuevo gobierno, otra de esas instituciones –la Agencia Central de Inteligencia (CIA)- es mencionada en un trabajo periodístico que asegura la intervención de Rusia en favor del ganador republicano.

¿El candidato ganador y hoy presidente electo usó al FBI, mientras que el presidente demócrata saliente lo hace con la CIA?

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Vaya con “mandar al diablo las instituciones” versión Netflix.

Peor aún, Trump descalificó de inmediato a los servicios de inteligencia que estarán a su disposición en unos cuantos días, cuando se mude a la Casa Blanca: “son la misma gente que dijo que Sadam Hussein tenía armas de destrucción masiva”, dijo el magnate no sólo poniendo en duda a la propia CIA, sino a un gobierno emanado de su mismo partido, el Republicano.

Donald Trump se empeña en mostrarle al mundo lo que ya se sabía: no es un hombre de Estado. Y no me refiero al concepto del político tradicional como tal, contra el que los votantes se han manifestado casi en todo el orbe, sino a esa inquietante figura que incita el odio, el racismo y la violencia para recuperar la supremacía blanca en un gigante territorio de inmigrantes.

El problema de nuestros vecinos no es que su Presidente no sea un profesional de la política –no hubieran votado por él si lo fuera- sino un bravucón que cada vez que publica algo en su cuenta de Twitter parece como si siguiera en campaña y atendiera solamente los intereses de sus simpatizantes o posibles electores.

Así, se adjudica la “recuperación de empleos” por la permanencia de una empresa en Indiana; amenaza a otras entidades productivas de su país con consecuencias fiscales si aprovechan ventajas comerciales en el extranjero, o hasta alardea una llamada con la Presidenta de Taiwán en una clara provocación a China, que tensa el ya de por sí endeble equilibrio internacional.

Por si fuera poco “cancela” (vía Twitter, of course), un contrato con la gigante aeronáutica Boeing, que desarrolla la tecnología para los dos nuevos aviones que transportarán a los futuros presidentes norteamericanos, incluyéndolo primeramente a él. ¿Querrá seguir viajando en una aeronave con el logotipo “Trump”, en vez del nombre del país que gobernará y representará ante el mundo?

Por eso la pregunta no es qué le espera a los Estados Unidos; ni siquiera qué nos depara el destino a los mexicanos en este sentido. La gran cuestión es: ¿qué pasará con el mundo? Porque no creo que mejore su equilibrio geo-político vía berrinches e irracionalidades transmitidas por las redes sociales.