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27 de enero de 2023
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Las confusiones de la equidad de género

Soy un convencido de la equidad de género. Es más, me considero feminista, en el sentido original de reconocer, condenar y combatir conductas violentas y retrógradas en contra de las mujeres, cualquiera que éstas sean: sociales, familiares, laborales, sexuales.

Durante mi largo peregrinar por oficinas de comunicación públicas y privadas, he despreciado y actuado en contra del acoso a las mujeres en cualquier sentido, así como la discriminación de género o los juicios sumarios que suponen que cualquier evolución jerárquica femenina es resultado de favores sexuales a los superiores.

Reconocer este desventajoso panorama para la mujer –sin olvidar usos y costumbres salvajes en entornos intrafamiliares de cualquier nivel socioeconómico- ha sido un buen inicio para impulsar esa equidad a la que muchos aspiramos.

Pero en ese camino, como sucede en otras cruzadas por causas de todo tipo, surgen confusiones que vale la pena señalar y matizar. Porque el “todo o nada”, el blanco y negro sin grises (el maniqueísmo, pues), lleva a graves distorsiones.

Por ejemplo, las famosas “cuotas de género” que imponen que un porcentaje del 50 por ciento en la composición de órganos de gobierno o legislativos, sean mujeres. ¿Y por qué no el 60 o el 100 por ciento? ¿Qué no lo sensato sería –una vez reconocida la equidad entre hombres y mujeres- una selección basada en competencias, talentos y capacidades, sea cual fuere la resultante combinación de géneros?

Me resulta increíble, por no decir escandaloso, que la hipocresía de la clase política apruebe leyes de equidad, y que luego “cumplan” simuladamente con nombres femeninos que luego son sustituidos por los de los mismos gandallas de siempre.

¿Se acuerdan del caso de las “Juanitas” en la Cámara de Diputados?

Pensar en que un proceso de este tipo basado verdaderamente en méritos y perfiles sea una utopía, es –precisamente- desconocer e ignorar la equidad de género. ¿No creen?

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Un ejemplo que conozco bien: Nacional Financiera, una institución gubernamental de banca de desarrollo, cuenta con más personal femenino que masculino y para ello no hubo de exigir cuota o porcentaje alguno. Simplemente así es, y hablamos de una entidad de reconocido prestigio.

Ahora bien, el lamentable caso de la cobarde agresión a la senadora Ana Gabriela Guevara, una de las máximas glorias históricas del deporte mexicano, nos lleva a una reflexión parecida.

Porque los medios hablan de “violencia de género”, como si una golpiza así se justificara si el agredido fuera un varón. Y más bien me da vergüenza leer versiones de que las patadas cesaron cuando alguien le gritó a los despreciables sujetos que quien estaba en el suelo era una mujer.

Insisto, soy un feminista pero: ¿esa salvaje y primitiva violencia –que no es nueva en una ciudad como la nuestra- se justifica entre machos “calados”?

Por supuesto hay que condenar lo que le sucedió a Ana Gabriela, y también las muestras despreciables de sexismo que circularon en redes sociales por la apariencia y la fortaleza física de la exatleta.

Pero no podemos, no debemos olvidar que esa violencia rapaz es inaceptable en cualquier sentido, aun cuando constituyera la respuesta a una agresión y menos si el afectado fuese un hombre.

Es simplemente, creo yo, que todos estemos de acuerdo en un rotundo NO a la violencia, de cualquier tipo y contra cualquier ser humano, sea del género que sea.

Porque entonces, nos convertiremos en cómplices de la ya avanzada descomposición social de nuestros tiempos, en que nos acostumbramos a lo que debiera ser la excepción y no la regla.